Turrón y melancolía

La Navidad es por lo general, tiempo de familia, comidas, reencuentros, regalos, hipocresía, escape de la realidad, descanso (o más trabajo)… Pero sobre todo, es tiempo de melancolía.

Melancolía por los que ya no están, melancolía por aquellos momentos que ya han pasado y solo nos cercioramos al acabar el año de que, efectivamente, no volverán a pasar. Hacemos balance de lo vivido, intentamos quedarnos con lo bueno, y de ahí la escasa grandeza humana. Proponemos ilusorios objetivos, que irán desvaneciéndose con el transcurrir de la rutina.

Navidad es tiempo de pensar también en aquello que no hiciste, ese amor pasado, la amistad que terminó o la locura del verano. Es tiempo de añorar y de ilusionarse, de turrón, y de melancolía. Sin embargo este tiempo pasará, y como ocurre con todo lo bueno de la vida, lo hará rápido, y no nos daremos cuenta  siquiera de que pasó delante nuestra.

Siempre he pensado que estos tiempos de descanso y reflexión hacen ver a cada uno cuáles son sus objetivos prioritarios, qué es lo que realmente quisiera hacer. Y esto debe ser rápido, como si alguien no quisiera que la mente pudiera rebelarse, como si entre llanto e imposición, nos diera un rato de esperanza, miel en los labios, para apartarla rápidamente.

Es Navidad, disfruten o por lo menos, aparéntenlo. Que no les tomen por locos. Si esta época nos da más fuerza, propongámonos unos objetivos de verdad y sigamos luchando por lo que deseamos.

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