Sola…

Yacía pues, inerte. En la cama, mirándolo todo y a la vez nada, con la mente blanca como el techo que observó durante horas. Se había ido, y lo peor, era consciente de que nunca más volvería a verlo entrar por aquella puerta.

Aún olía su colonia en la misma ropa, sentía que podía acariciarle al otro lado de la cama, que todo había sido un mal sueño. Nada más lejos de la realidad. Su presencia era ahora un espejismo. La probabilidad de que volviera, un oasis en medio del desierto de la desesperación.

Pensaba en todo lo hecho y lo no hecho, en todo, básicamente. Quizá pudo haberle dado ese beso durante esos días de enfado, enjuagar su soberbia con el jugo de la humildad. Era tarde, la vida le había dado una gran y dura lección. Hoy, el día se cernía más gris que nunca, su mente se perdía en la cama que ahora le parecía un sitio solitario e inhóspito, la habitación rememoraba fantasmalmente todos los momentos allí vividos, las paredes guardaban un sin fin de locuras entre amantes, el tiempo se encargaría de sellar la herida ahora sangrante.

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